¿Para qué repensamos las cosas?

A nuestras espaldas llevamos la carga de una historia, propia y ajena. Es difícil conocerla cuando los ojos están a nuestro frente y, por más que demos vueltas, nuestra espalda sigue en nuestro reverso. Esta historia, tanto ajena como propia, la conocemos sólo cuando un otro nos presta dos espejos: uno de frente y otro en su opuesto. Es la única manera de ver nuestra espalda. Pero un espejo nunca es límpido. Presenta turbideces, opacidades y manchas de otras manos que lo tocaron y lo pusieron frente contra frente. Algo así pasa con el conocimiento. Mediado, parcial, lleva las huellas de quienes lo construyeron y transmitieron. No hay pureza, ni acceso directo a su centro.
Pensemos la arquitectura por un instante con los espejos: ¿qué es aquello que nombramos como arquitectura? O, mejor dicho, ¿qué es aquello que no nombramos cuando nombramos arquitectura? La arquitectura, como objeto de conocimiento, no es evidente. No está allí, esperando ser descubierta -aunque los edificios estén allí para ser recorridos, medidos y fotografiados. Lo que llamamos arquitectura ha sido construido a través del tiempo, mediante palabras, imágenes, instituciones, saberes y prácticas que fueron delimitando aquello que podía ser visto bajo ese nombre. Si fue construida, entonces pudo haber sido de otra manera. Y si pudo haber sido de otra manera, todavía puede transformarse.
Mucho antes de que existieran escuelas de arquitectura, títulos universitarios, colegios profesionales o concursos de proyectos, las personas ya construían refugios, viviendas y asentamientos; abrían caminos, delimitaban espacios, levantaban muros, organizaban lugares de encuentro y transformaban aquello que las rodeaba para hacer posible la vida. Habitar supone, de algún modo, hacer habitable el mundo. Hay allí una práctica material que atraviesa tiempos y sociedades, no porque responda a una esencia humana inmutable, sino porque ninguna vida puede desarrollarse sin establecer alguna relación material con el espacio que la contiene.
Sin embargo, esa práctica ¿es arquitectura? La palabra apareció, se desplazó, adquirió significados y terminó siendo apropiada por una disciplina que fue definiendo, junto con ella, aquello que podía reconocerse como arquitectónico. No se trata de afirmar que la disciplina inventó la necesidad de habitar. Se trata de observar algo más sutil: la construcción de una forma particular de nombrarla, conocerla y actuar sobre ella. Con ese movimiento también fue estableciendo otras diferencias: entre quien proyecta y quien construye, entre quien sabe y quien necesita, entre la obra y su uso, entre el autor y quienes la habitan. Algunas prácticas quedaron dentro de la arquitectura, otras encontraron nombres diferentes1.
Tal vez allí haya algo que mirar con mayor detenimiento. Toda historia supone una selección. Williams (1977) llamó tradición selectiva al proceso mediante el cual una cultura construye una relación particular con su pasado: algunas obras, ideas y prácticas son conservadas, transmitidas y convertidas en referencias, mientras otras quedan en los márgenes, se olvidan o dejan de ser reconocidas. Algo semejante puede observarse en la arquitectura. Lo que hoy conocemos como historia de la arquitectura no coincide con la totalidad de las formas mediante las cuales las sociedades han construido y transformado sus espacios. Es, más bien, la historia de aquello que, en determinados momentos, pudo ser reconocido como arquitectura.
La selección no se trata de una operación puramente historiográfica. Cada delimitación trae consigo una manera de mirar el presente. Aquello que una disciplina recuerda también contribuye a definir aquello que puede imaginar. Aquello que conserva como ejemplo puede convertirse en modelo. Aquello que deja fuera puede parecer extraño, menor, particular o incluso inexistente. Es allí donde la tradición selectiva encuentra otra dimensión. La selección no ocurre solamente sobre lo que se recuerda, sino también sobre aquello que puede ser dicho, pensado y reconocido. Como mostró Foucault (1970), los saberes no se organizan únicamente alrededor de aquello que conocen, sino también alrededor de los límites que establecen las condiciones de posibilidad de ese conocimiento. Hay cosas que pueden aparecer como problemas y otras que no alcanzan siquiera a adquirir ese estatuto. Hay prácticas que pueden ser interrogadas como arquitectura y otras que, antes de cualquier discusión, quedan fuera de la pregunta2.
Quizás por eso sea insuficiente preguntarnos qué es la arquitectura. La pregunta parece llevarnos hacia una definición, pero también puede conducirnos hacia una trampa3: aquella que supone que existe una arquitectura verdadera, esperando ser encontrada detrás de las formas históricas que la distorsionaron. No se trata de recuperar una arquitectura perdida ni de descubrir una esencia que alguna vez estuvo allí. Se trata de observar cómo llegó a ser posible que ciertas cosas fueran llamadas arquitectura y otras no; cómo se construyeron sus problemas, sus métodos, sus objetos y sus sujetos; qué relaciones hicieron posible esa construcción y qué otras quedaron fuera de ella. Repensar la arquitectura no significa mirar nuevamente sus edificios para encontrar en ellos una respuesta diferente. Significa, antes que nada, volver la mirada hacia aquello que nos permitió reconocerlos como arquitectura.
Esto implica desplazar la mirada: no preguntarnos qué es la arquitectura en esencia, sino cómo se produce como objeto de conocimiento, qué mecanismos la instituyen, qué exclusiones la constituyen, qué relaciones de poder la atraviesan. Es decir, pasar de la pregunta por la esencia a la pregunta por el proceso. Las categorías con las que una disciplina piensa también participan de las formas en que actúa. Lo que una formación enseña a reconocer como problema arquitectónico condiciona aquello para lo cual prepara a sus estudiantes. Los procedimientos que considera legítimos orientan las formas de intervención. Los actores que reconoce como interlocutores delimitan con quiénes se construyen las decisiones. Y aquello que aparece como ajeno a la disciplina puede quedar, sencillamente, fuera de sus herramientas. Quizás sea allí donde pueda comenzar a entenderse una paradoja.
La arquitectura ha construido durante mucho tiempo un enorme repertorio de conocimientos para intervenir sobre el espacio, pero no siempre ha desarrollado herramientas equivalentes para reconocer las formas en que la mayoría de las personas producen, transforman y sostienen sus propios espacios de vida. Puede proyectar edificios de gran complejidad, organizar procesos constructivos sofisticados y responder con precisión a determinados programas, mientras encuentra dificultades para reconocer como problemas arquitectónicos situaciones cotidianas que se desarrollan fuera de esos marcos. No parece suficiente atribuir esta distancia a la falta de interés de unos profesionales o a las decisiones individuales de quienes estudian arquitectura. Hay algo más persistente. Una formación puede producir determinadas capacidades al mismo tiempo que deja otras en segundo plano.
La cuestión no es solamente qué queda afuera de la arquitectura: es qué sucede cuando aquello que queda afuera deja de ser reconocido como conocimiento. Porque si una disciplina no reconoce una práctica como productora de saber, difícilmente pueda aprender de ella. Y aquí la cuestión deja de ser exclusivamente pedagógica o profesional. Se vuelve epistemológica: ¿qué conocimientos puede reconocer la arquitectura como propios? ¿Quiénes pueden producirlos? ¿Desde dónde? ¿Y bajo qué condiciones llegan a ser considerados válidos?
Entonces, no alcanza con afirmar que la arquitectura tradicional es elitista, ni con señalar que algunos edificios responden a intereses económicos. La cuestión es más profunda: preguntarnos si las formas mediante las cuales la disciplina produce conocimiento, define problemas y organiza sus prácticas tienden a reproducir determinadas relaciones entre saber y poder. Y preguntarnos también qué relación tienen esas formas con una sociedad en la que el acceso al suelo, a la vivienda y a las condiciones materiales de reproducción de la vida se encuentra profundamente desigual4.
No significa afirmar que toda arquitectura reproduzca deliberadamente esas desigualdades, ni que detrás de cada proyecto exista un plan consciente de dominación. Las relaciones son menos directas y, precisamente por eso, más difíciles de ver. Una disciplina puede reproducir una estructura sin proponérselo, de manera tamizada, fetichizada. Puede hacerlo mediante sus hábitos, sus instituciones, sus criterios de legitimidad, sus formas de enseñanza y sus maneras de nombrar aquello que considera importante. Quizás por eso la pregunta por la arquitectura no pueda separarse completamente de la pregunta por la sociedad en la que esa arquitectura se produce.
Hay, además, una dificultad particular. Las críticas a la arquitectura no son nuevas. A lo largo del tiempo, distintos autores y autoras han cuestionado su relación con el poder, con el mercado, con la ciudad, con el Estado y con la vida cotidiana. Muchas de esas críticas han producido conceptos, proyectos y experiencias capaces de abrir otras posibilidades. Sin embargo, una disciplina puede ser capaz de incorporar sus propias críticas sin modificar necesariamente aquello que esas críticas cuestionaban. Las alternativas pueden convertirse en referencias. Las referencias, en estilos. Los estilos, en repertorios. Y los repertorios pueden terminar nuevamente dentro de aquello que parecía necesario transformar.
Quizás por eso no alcance con introducir nuevas ideas dentro de la arquitectura. Tal vez sea necesario preguntarse por las condiciones que hacen que algunas ideas puedan ingresar, permanecer y transformarse en prácticas, mientras otras son absorbidas, neutralizadas o simplemente olvidadas5. Esto obliga a desplazar nuevamente la pregunta. No se trata solamente de preguntarnos qué arquitectura queremos. Antes deberíamos preguntarnos qué tendría que cambiar en nuestras formas de conocer, decidir y actuar para que otra arquitectura pudiera emerger.
La pregunta parece abrir un problema: si la arquitectura comienza antes del objeto terminado, también debe comenzar antes cuando se reconoce sus problema, cuando se legitima quién puede hablar, cuando se establece qué conocimiento resulta válido, cuando se determinan qué recursos deben movilizarse y qué relaciones se quieren producir alrededor de ellos. El edificio es apenas uno de los momentos visibles de un proceso mucho más extenso.
Salir del objeto arquitectónico no significa entonces abandonar al objeto. Significa volver a mirar el proceso que lo hace posible y quizá sea allí donde podamos encontrar una posibilidad para otra arquitectura. No como un estilo. No como una estética alternativa6. Tampoco como una arquitectura destinada simplemente a quienes no pueden acceder a la arquitectura profesional. Pensarla de ese modo sería mantener intacta la misma frontera. Otra arquitectura no nombra, entonces, una nueva corriente dentro de la disciplina. Nombra una posibilidad de transformación de las condiciones mismas desde las cuales la arquitectura define sus objetos, sus problemas, sus conocimientos, sus actores y sus formas de legitimidad.
Pero para democratizar la arquitectura, hay que democratizar los objetivos de la arquitectura. Quizás se trate de dejar de responder exclusivamente a aquello que no siempre nombramos, pero que existe: las desigualdades, las estructuras que las producen y las formas de reproducción del capital que atraviesan la producción del espacio. No para reemplazarlas por una nueva definición cerrada de lo que la arquitectura debe hacer, sino para volver a abrir la pregunta por aquello que la sociedad necesita y por las formas en que puede construir colectivamente esas respuestas7.
Tal vez por eso realizar un movimiento epistemológico no sea una exageración. Porque una epistemología no es solamente una teoría sobre el conocimiento. También implica preguntarse quién conoce, desde dónde conoce, qué puede ser conocido y qué cuenta como conocimiento. Si otra arquitectura modifica esas relaciones, entonces no constituye únicamente otra manera de construir: puede constituir otra manera de pensar qué es construir. Y allí la cuestión deja de ser cómo incorporar otra arquitectura dentro de la arquitectura. La pregunta pasa a ser si aquello que llamamos arquitectura puede transformarse a partir de lo que durante tanto tiempo dejó afuera.
Para conocer nuestra espalda necesitamos que otros nos sostengan los espejos. No para que nos digan quiénes somos, ni para reemplazar nuestra mirada por la de ellos, sino para mostrarnos aquello que nuestra propia posición nos impide ver. Algo semejante puede ocurrir con la arquitectura. Necesitamos otros espejos para reconocer aquello que hemos heredado, aquello que repetimos y aquello que dejamos fuera del campo de nuestra mirada. Pero un espejo no sirve solamente para mirar. También permite cambiar de posición.
Quizás repensar la arquitectura consista en eso: en movernos lo suficiente como para que aquello que durante mucho tiempo permaneció detrás de nosotros pueda aparecer frente a nuestros ojos. Y, cuando aparezca, no preguntarnos solamente por qué no lo habíamos visto antes, sino qué tendremos que cambiar para que pueda formar parte de aquello que somos capaces de conocer, decidir y construir. Porque si la arquitectura que conocemos fue construida históricamente, también puede ser reconstruida. Y tal vez esa sea la razón más profunda para volver a pensar las cosas.
Esa es la tarea. Y es urgente.
Notas
Esto no implica que las prácticas no reconocidas por la disciplina carezcan de valor o relevancia, más bien, el término arquitectura ha quedado capturado por ella, y reivindicar otras formas de producir hábitat exige, necesariamente, disputar ese término. ↩
Siguiendo a Ferro (2012), el origen de la disciplina arquitectónica tal como la conocemos se sitúa en el Renacimiento europeo, cuando la construcción era aún un trabajo elemental, ejecutado por obreros con herramientas primarias y conocimientos fácilmente disponibles. En este contexto, la separación del proyecto del lugar de obra -un hecho que Ferro identifica como el primer elemento de dominación del arquitecto sobre el proceso productivo- introdujo una nueva jerarquía en la producción, convirtiendo a los constructores autónomos en dependientes de decisiones externas, proceso profundizado por un diseño cada vez más detallado. Esta operación de extracción del proyecto no fue un hecho meramente técnico: fue la condición de posibilidad de la disciplina como dispositivo de delimitación y control sobre el hábitat. ↩
Parafraseando a Foucault (1970), la arquitectura como conocimiento no es un reflejo de lo real, sino una producción que instituye su propio objeto. La arquitectura no descubre problemas universales: los construye como tales y excluye otros como particulares, locales o irrelevantes. Que existan procesos de delimitación y recorte no quiere decir que, detrás de ellos, hubiera existido una gran arquitectura ilimitada, continua y silenciosa que se hallara reprimida o rechazada y que tuviésemos el trabajo de restituirla. No se trata de recuperar una arquitectura perdida. Se trata, más bien, de no resolver la arquitectura en un juego de significaciones precisas -ella no es cómplice de nuestro conocimiento-, sino de ir, a partir de la arquitectura misma, de sus regularidades, de sus ideas y métodos, hacia sus posibilidades reales. ↩
Sobre esta cuestión, resulta pertinente recordar que la figura del arquitecto/a no ha sido históricamente neutral ni ajena a las relaciones de clase. Meyer (1972, p. 131) sostiene que el arquitecto/a, en su calidad de trabajador intelectual, se encuentra "sometido al dominio de la clase dirigente, mucho más de lo que puede estarlo un peón". Esta condición de subordinación, sin embargo, no lo exime de ejercer control sobre el proceso productivo. Pradilla y Jiménez (1973) señalan que la actividad del arquitecto/a en la producción se ejerce como control, ya sea como diseñador que prefigura la forma final del producto, como supervisor directo de la obra, o bien realizando ambas tareas. La separación del proyecto del lugar de obra -ese gesto fundacional de la disciplina- es precisamente lo que habilita esta función de control. En este sentido, bajo las circunstancias actuales, el arquitecto/a, al realizar su práctica técnica, se convierte en un instrumento al servicio de las relaciones de producción vigentes: su práctica está comprometida con el capital tanto en términos económicos -al servir de instrumento en la explotación del trabajador asalariado de la construcción- como en términos ideológicos -al actuar como un medio de reproducción de la ideología burguesa contenida en la función de su obra y en la misma forma que el diseñador le otorga (Pradilla y Jiménez, 1973). ↩
Esta lectura se puede observar desde la noción de campo desarrollada por Bourdieu, quien lo define como un espacio de relaciones objetivas entre posiciones, donde los agentes luchan por el capital específico en juego -prestigio, reconocimiento, autoridad- y por imponer su visión legítima de lo que está en juego. En este sentido, la arquitectura podría ser comprendida como un campo, pero uno de carácter particularmente acotado y heterónomo, en el cual las disputas internas tienden a reproducir la ortodoxia antes que a cuestionar sus fundamentos. La comparación con otras disciplinas, como por ejemplo la sociología, resulta aquí esclarecedora: mientras en esta última la pluralidad de corrientes -positivistas, marxistas, estructuralistas, interaccionistas, feministas, decoloniales- constituye su condición de existencia y la disputa por la orientación del campo es reconocida como legítima, en la arquitectura las alternativas críticas suelen ser absorbidas como modas, marginadas como irrelevantes o folklorizadas como utópicas, sin lograr cuestionar la orientación fundamental de la disciplina. ↩
A lo largo de su historia, la arquitectura ha experimentado transformaciones metodológicas que han impactado en las formas finales de los edificios: desde el academicismo decimonónico hasta el funcionalismo, desde el posmodernismo hasta las tendencias contemporáneas de la arquitectura sostenible o paramétrica. Sin embargo, estas transformaciones -a menudo presentadas como rupturas- no han implicado necesariamente una revisión de los presupuestos fundamentales de la disciplina: el predominio del objeto sobre el proceso, la jerarquía entre quien proyecta y quien construye, la separación entre diseño y territorio. Los cambios metodológicos, en este sentido, parecen operar dentro de un marco que preserva la ortodoxia disciplinar, renovando sus formas sin cuestionar sus estructuras de poder. Como señala Tafuri (1973), la historia de la arquitectura moderna puede leerse como una sucesión de programas que, lejos de cuestionar el rol social de la arquitectura, han contribuido a su integración en los ciclos de producción y reproducción del capital. ↩
La crítica, por más rigurosa y convincente que sea, no garantiza por sí misma la transformación. Puede diagnosticar con precisión las exclusiones y violencias de la disciplina, pero si no se articula con una práctica concreta que intervenga en las condiciones materiales que denuncia, corre el riesgo de permanecer en el plano de la teoría. Una crítica que no se traduce en movimiento —en gestos, proyectos, formas de organización, modos de enseñar y de construir— puede volverse autocomplaciente: un ejercicio de refinamiento intelectual que, por más agudo que sea, no modifica el mundo que critica. La cuestión, entonces, no es solo pensar de otra manera, sino también hacer de otra manera. ↩
- Texto:
- Dr. Arq. Juan Ignacio Rojas Chediac
- Edición:
- Equipo editorial OBRA
- Derechos:
- © 2026 OBRA y sus autores/as. Se permite citar mencionando la fuente.
Cómo citar
Rojas Chediac, J. I. (2026). ¿Para qué repensamos las cosas? OBRA, Dossier 01. https://www.plataformaobra.com.ar/notas/rojas-chediac


