Ensayo · Hábitat popular Dossier 01 · Nota 3 de 3

Nada de revoques, la estructura está podrida1: Hacia una Arquitectura de las Necesidades Sociales

Arqta. Paula Boldrini 7 min de lectura
Fachada de un edificio de viviendas con balcones enrejados, escaleras metálicas, cables y equipos de aire acondicionado; un joven sube por una de las escaleras.

Cuando regreso a los años de estudio en la facultad, me invade un recuerdo de resistencia constante vivido en la formación tradicional. La mayoría de las prácticas sin un objetivo que no fuera la práctica misma, no tenían sentido para mí. La enseñanza hegemónica reduce la disciplina a una mera producción formal y técnica de objetos, omitiendo sistemática y deliberadamente la dimensión social, comunitaria e intangible del espacio.

Las definiciones canónicas que van desde el “juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz” de Le Corbusier y la poética del ladrillo que pide ser un arco de Louis Kahn, hasta la más amable mención a la forma de la vida de Frank Lloyd Wright o la alentadora perspectiva de la arquitectura como «testigo insobornable de la historia» de Octavio Paz, se mueven en un universo desprovisto de la naturaleza social del espacio antropizado. Incluso Rem Koolhaas, cuando enuncia «la arquitectura como la mezcla caótica de disciplinas», carece del principio ordenador de la necesidad social como eje proyectual. No obstante, cuando el diagnóstico social es preciso, los diferentes campos del conocimiento cobran un sentido articulado. Incluso dejan de requerir de soluciones abstractas y caprichosas, adoptando las formas más sencillas e igualmente maravillosas por esta razón. Como corolario, todas las fuentes que recuerdo vienen de hombres, no había mujeres en un proceso de enseñanza modelador de profesionales que debíamos servir sin pestañar. Se trataba de aprehender una arquitectura post dictadura, la mayoría de las veces sin sustancia, en apariencia inocua, sin el ruido y el desorden de las personas.

Pero la resistencia me llevó junto a grandes compañeras/os de vida, a construir una trayectoria profesional nutrida de la búsqueda constante por superar este enfoque positivista y elitista. A través de los aportes de Rodolfo Livingston primero, y la integración de la psicología social después, comprendí un concepto tan clave como el de salud, pensado como adaptación activa a la realidad. Desde allí, se es capaz de transformar sin caer en el colapso emocional frente a la insoportable realidad, ni en la sobreadaptación a contextos hostiles, promoviendo una postura capaz de transformar tanto las condiciones del entorno como a uno mismo, de manera dialéctica. En este camino, la noción de grupo resulta esencial: superar la inercia del individualismo dominante exige herramientas para interpretar las tensiones que conlleva la construcción grupal, colectiva y los procesos comunitarios participativos, contrahegemónicos. Esta filosofía orienta también mi labor dentro de redes interdisciplinarias como la ULACAV, formulando junto a compañeras/os de toda Latinoamérica un interrogante decisivo ¿producimos arquitectura o producimos hábitat?

Desde ya, la producción del hábitat enlaza virtuosamente diferentes campos y ámbitos de conocimiento. Y en ese proceso… ¿se desdibuja la arquitectura? O toma sentido.

Existe una falsa dicotomía que intenta desvincular el trabajo territorial del «verdadero» ejercicio arquitectónico, por apartarse del modelo dominante de arquitectura de autor, enfocado en la innovación formal y el éxito individual. Sin embargo, la verdadera innovación empieza con la lectura certera de las necesidades del entorno, adaptada permanentemente al intenso, complejo e incansable dinamismo de lo social. Una intervención sencilla pero certera en la estructura social, puede tener un impacto transformador infinitamente mayor que cualquier obra monumental, pues la arquitectura no es un objeto aislado, sino una parte en compromiso vivo con el hábitat.

Como desafíos de hoy y frente a las concepciones dominantes, se vuelve un imperativo ético trascender las dinámicas del «como si» y rehusarse a una praxis reducida al maquillaje conceptual. Parecer participativo, democrático y social para cumplir con los estándares, significa retroceder en la construcción honesta de las transformaciones socio territoriales urgentes y sostenibles.

Desconocer el derecho pleno e inalienable de las comunidades a participar en la producción de su hábitat resulta insostenible; los discursos institucionales vaciados de contenido, llevados adelante por testaferros profesionales funcionales al poder, equivalen al sostenimiento de las estructuras dominantes que sustentan la desigualdad. Cobran plena vigencia las consignas que exigen pasar de las reformas superficiales, a las acciones de fondo sobre las condiciones sociales de producción.

Esta disputa por el espacio no es neutral ni sencilla. Todo menos romántica. Se cobra, por el contrario, un alto costo. Quienes operan en los márgenes de la lógica hegemónica enfrentan la invisibilización de sus esfuerzos, una batería inagotable de formas de violencia simbólica que se manifiestan ya desde la formación universitaria. Como estudiantes, debemos sortear una suerte de expiación para alcanzar el título bajo condiciones de presión y alienación. Como profesionales, si elegimos prácticas aliadas al pueblo, no somos reconocidos -ni aún por nosotros/as mismos/as- como arquitectos/as. Hoy pienso categóricamente, que aún sin construir con ladrillos (porque los proyectos con la comunidad tardan muchísimo en materializarse), pero si construyendo comunidad, me siento una arquitecta completa, orgullosa del camino elegido, sin nada que envidiar a mis compañeros famosos en revistas de autor.

Durante los intercambios en la Red ULACAV en Tucumán, en 2025, concluimos que persisten pedagogías agobiantes -para estudiantes y docentes- que nos privan de espacios para el pensamiento autónomo, induciendo la entrega abarrotada de prácticas carentes de compromiso crítico. Esta restricción reflexiva se agrava en un contexto marcado por la aceleración tecnológica y el despliegue de la inteligencia artificial. Aunque en términos teóricos la automatización debería liberar tiempo para el ocio creativo y el diálogo comunitario, la concentración de estas herramientas en sectores de poder y la cultura del trabajo a destajo, provocan que las tecnologías operen en contra de las mayorías. El dilema no radica en la tecnología en sí, sino en formas de organización social que privatizan sus beneficios.

Asimismo, llama la atención la descalificación sobre las nuevas generaciones bajo el pretexto de que «los jóvenes no vienen preparados, carecen de compromiso», que solo enmascara la propia dificultad pedagógica para construir vínculos con las realidades contemporáneas. Una dificultad anudada a una inercia formativa desprovista de instrumentos capaces de generar vínculos aun en contextos de masividad. Hoy más que nunca sigue vigente Paulo Freire cuando señala que el docente llega al aula con respuestas a preguntas que nadie ha hecho. Esto se replica en el territorio, cuando los profesionales atribuyen el fracaso de una iniciativa a la «falta de interés» de la comunidad. Ante el colapso de una estrategia participativa, la pregunta debe dirigirse hacia los sesgos del marco metodológico y la incapacidad profesional para interpretar la estructura organizativa local.

La construcción de una alternativa requiere ensayar en el presente el modelo universitario que se aspira a consolidar. Una batalla ideológica que se debate en la arena administrativa, áulica, mediática y vincular. Experiencias como la asignatura sobre el Abordaje de Procesos Comunitarios en Territorio —desarrollada en la Universidad Nacional de Tucumán como síntesis de más de una década de prácticas profesionales— demuestran la viabilidad de estos enfoques. Al integrar a estudiantes de diversas disciplinas para responder a demandas concretas, se ejercitan instrumentos centrados en la responsabilidad social y se transforma la relación pedagógica: el docente abandona la posición de emisor unilateral para asumir un aprendizaje mutuo, en el que formamos, formándonos. Y debo decir, que se trata de un proceso no solo enriquecedor, sino también entretenido y cargado de afecto.

En última instancia, resulta indispensable desmantelar la concepción que reduce el proceso creativo a la consecución de respuestas morfológicas con impacto financiero. Desde una perspectiva orientada al hábitat popular, los procesos creativos más valiosos no culminan en un objeto estático, sino en la transformación de las ideas, el fortalecimiento de los lazos comunitarios y la emancipación de los sujetos hacia el futuro.

Notas

  1. Autor desconocido. ↩

Texto:
Arqta. Paula Boldrini
Edición:
Equipo editorial OBRA
Derechos:
© 2026 OBRA y sus autores/as. Se permite citar mencionando la fuente.

Cómo citar

Boldrini, P. (2026). Nada de revoques, la estructura está podrida: Hacia una Arquitectura de las Necesidades Sociales. OBRA, Dossier 01. https://www.plataformaobra.com.ar/notas/boldrini

Arqta. Paula Boldrini

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